El propósito de cambiar

El proyecto constitucional, más allá de lo que suponemos (sólo suponemos) está sucediendo en la Convención, está generando raras sensaciones asociadas a los vaivenes emocionales que conducen la racionalidad de una ciudadanía. 

Una rara sensación si consideramos que después de un plebiscito en el que casi el 80% de los ciudadanos votaron a favor de un cambio, hoy aparece la confusión que puede llevar a un posible rechazo a esa intención de cambiar.

No es casualidad cuando no está claro el propósito de cambiar, de allí a analizar el porqué se llega a esta instancia plena de dudas.

El estado de confusión que llevó al enfrentamiento social de octubre de 2019 tuvo diferentes razones en todos los sectores de la sociedad. Desde el descontento por el abuso económico a todo nivel, pasando por la rabia de la inequidad social, hasta la violencia desatada sin control como herramienta de protesta desde un lugar y escarmiento por el otro.  

Así como se dieron diferentes propósitos para manifestar el desacuerdo con un modelo en crisis, la salida pacífica de llamar a un plebiscito constitucional también tuvo diferentes propósitos, a pesar de la unanimidad en su aprobación.

Un propósito es definir el “para qué hacemos lo que hacemos”, y esto es aplicable a cualquier persona, institución, grupo o país, y solo sirve si tiene sentido compartido, y más aún cuando nos proponemos el propósito de cambiar. En este caso, ¿para qué cambiar la Constitución? 

¿Acaso el propósito de cambiar es para contar con una Constitución diseñada en democracia y terminar con la sombra de Pinochet y la dictadura? ¿Acaso el propósito es la revancha social de los sectores menos representados en la historia de Chile y de quienes buscan resarcir heridas del pasado? ¿Acaso el propósito de cambiar es para sentar la bases institucionales que permitan conducir la evolución y la convivencia social de los chilenos? 

Pueden plantearse más propósitos, pero si consideramos estos tres debemos coincidir que los dos primeros no justifican una transformación, sino que simplemente representan una reacción para resolver una transición conflictiva interminable, porque el estallido sólo fue un momento en un proceso evolutivo de un colectivo social que descubrió su falta de capacidad para convivir.

Quizás, haciendo un buen ejercicio para generar acuerdos, debamos enfocarnos en el tercer propósito, porque una Constitución es, nada más ni nada menos, que eso: un manifiesto compartido que un país acuerda para conducir la vida en sociedad.

Si este es el propósito, entonces acordemos que necesitamos cambiar para poder dar espacio a un progreso genuino del país, donde hay un pasado que tiene luces para aprovechar y sombras que desechar, y en el que hay que sentar bases y condiciones para darle soporte a la convivencia de las generaciones por venir. 

En definitiva, no es definir situaciones problemáticas presentes, sino construir los cimientos con efecto en el mañana. La Constitución es así.

El cambio es necesario, claro que sí.  En el rol del Estado, en el respeto a la multiculturalidad, en la equidad en términos de educación, seguridad, salud y libertad, en el desarrollo económico y en la responsabilidad social y fiscal que garantice el orden. Porque la Constitución ordena el caos.

Sería triste que la Convención deje pasar esta oportunidad de progreso para el país por no tener un propósito compartido, y por dejarse llevar por un espíritu de revancha que le gane a la convivencia, promoviendo como consecuencia esta situación confusa de apruebo o rechazo, de blanco o negro, de si o no.

Porque los reaccionarios que no quieren el cambio, los que atrasan los relojes y nunca se dieron cuenta de que la casa se derrumba, están apostando por el fracaso de este proceso. Evitemos el fracaso. Hay tiempo para reflexionar, y para entender la necesidad de integrar para evolucionar, evolucionar para transformar y que la transformación será, en definitiva, la que permitirá crear valor compartido en una sociedad que se merece paz. Pensemos. 

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